
El hombre que acompañó a Leo dejó una huella imposible de borrar. Ahora, al mejor de todos le toca atravesar el dolor más universal: quedarse sin su viejo.
La orfandad es una condición difícil de asimilar. No importa la edad que tengas y tampoco lo obvia que pueda llegar a ser. Porque lo natural más allá de que la vida suele jugar pasadas horribles es que todos los hijos en algún momento atraviesen las muertes de sus padres. Porque se sabe: la muerte es irremediable es lo único seguro que tenemos en medio de todas nuestras inseguridades. Pero también es sabido que la muerte es una mierda. Y uno nunca está preparado para surfear ese dolor por más que sepa que esa ola irremediablemente lo va a voltear.Murió Jorge Messi. Demasiado temprano. Con apenas 68 años y con una enfermedad que no perdona y que castiga sin discriminar clases sociales billeteras o descuidos. Y Lionel Messi el héroe de muchos en este lío atraviesa los días más tristes después de haber vivido meses desgarradores.Porque duele saber que el viejo se va a morir. Pero resulta imposible contener el dolor cuando el viejo se muere. La orfandad es cruel. Jorge Messi y Celia Cuccittini no sólo fueron los orfebres del mejor jugador de estos tiempos y por qué no de todos los tiempos. También fueron los que desensamblaron una familia para hacer posible un sueño. Y que ese sueño posible fuese tal vez el motor de las más importantes alegrías colectivas que vivió el pueblo argentino en los últimos tiempos.Lo del patriarca de los Messi además fue singular. Como Don Diego que se deslomaba en serio codo a codo con Dalma Franco para criar a ese fenómeno llamado Diego Maradona aunque en una versión distinta. Porque Jorge entendió temprano que Leo no podía estar solo en su cruzada contra el destino. Y entonces además de papá algo que ya es muy complejo por sí solo se convirtió en su sostén en su escudo en su representante y en el hombre que sin tener demasiadas herramientas tuvo las agallas para dejar todo y más tarde con la buena fortuna de su lado transformarse en el CEO de un emporio que creció exponencialmente al compás de las hazañas que garabateaba Leo en las canchas.No fue sencillo administrar a los porrazos y con extrema discreción esa extraña virtud de su hijo como patentó Jorge Valdano de ser Diego todos los fines de semana. Algo que Leo además hizo sistemáticamente durante dos décadas con el último Mundial como prueba fehaciente de que el paso del tiempo no hizo más que volver más eficiente esa condición de único e inigualable. De ahí la orfandad imposible de soportar. Esa orfandad que deben digerir todos aquellos que perdieron a su padre. Esa orfandad que sacude hoy al capitán de la ScalonetaY de ahí otro valor. Otra enseñanza. Leo Messi puso sus obligaciones por delante de las ganas irrefrenables de no alejarse de su lado. Tal vez sabía que ya era historia juzgada. Que lo irremediable no se podía remediar que todo lo que había que decir ya se había dicho y que todos los besos y los abrazos que debía dar ya los había dado.Ahora en el otoño avanzado de una carrera tal vez inigualable Messi tendrá que tomar la posta. Será el patriarca de una familia que se quedó sin su guía. Sin embargo como les pasa a muchos el legado quedó y el rumbo ya no se puede torcer. El camino ya está abierto e iluminado. Y eso también es en buena medida mérito del hombre que se encargó de apuntalar a la última gran leyenda del fútbol mundial.


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